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La naturaleza como maestra

A día de hoy, el océano de información que existe en torno a la agricultura orgánica es cada vez más basto. Pareciera que no existe tiempo vital para asimilar todas las investigaciones que salen a la luz. La agricultura orgánica, como la mayoría de parcelas de esta sociedad, está influida y significativamente condicionada por el imaginario colectivo, por la filosofía, más o menos inconsciente, que nos mueve en el día a día. ¿Qué filosofía es esta a día de hoy? Siendo algo simplistas y, en parte injsutos, dos constantes vienen siendo la prisa y la falta de profundidad en las tareas que realizamos durante la jornada. Verdaderamente, ambas caminan juntas.


En la agricultura orgánica existe una tensión desconocida para aquellas personas que no respiren el trabajo diario del arte de cultivar. Existe una tensión entre desarrollar prácticas sostenibles y respetuosas con el medio ambiente (a veces por convicción, otras por adaptarse friamente a un reglamento) y una necesidad de hacer económicamente viable un proyecto agrícola. Tantas pueden ser las prisas y la cantidad de trabajo que hacer, que resulta sencillo perder el rumbo, y olvidarnos de que estamos en un estrecho y profundo contacto con la tierra, con la naturaleza, con el ecosistema que nos da la vida y del que somos parte. Tantas pueden ser las publicaciones y bibliografías que corremos el riesgo de dejar de observar y aprender de los procesos naturales; podemos llegar a olvidarnos de que solamente a través de un contacto consciente podemos desarrollar algo igual de importante que el cultivo de alimentos. Esto es, descubrir un nuevo estilo de vida que retorne al contacto con naturaleza, es decir, con nosotras mismas.


La naturaleza es una maestra, posee en la vida del suelo y en el interior de las plantas que cultivamos más información de la que podríamos soñar con almacenar en ningún ordenador. La naturaleza enseña, pero solamente a aquellos ojos que observen sus procesos con atención y calma.




La naturaleza es una maestra. Por todo ello, cuando vuelvas al huerto que estás cultivando, o te acerques a la planta que tienes en la maceta...observa, simplemente observa. Apaga los pensamientos y pon atención en el color, en el brillo, en la presencia de insectos, en el color de la tierra, en su humedad, en las flores, en los frutos. Desde ese estado de no-mente (unido al conocimiento y práctica que vayas adquiriendo) podrás encontrar muchas de las respuestas a las dudas que puedan surgir, o tal vez comenzarás a hacerte preguntas más profundas, más indagadoras de la raíz del acertijo que tienes delante.


Antes de iniciar tu sesión de huerto, dedica unos breves minutos a darte un paseo por las camas observando en silencio, sin prisa, pero con atención afilada, cómo está todo. Si puedes encontrar quietud en ese momento, podrás trasladarla al resto de tu día de cultivo. Podrás sentir cómo tu flujo de trabajo es más sencillo y agradable, cómo tu análisis de un problema tiene mayor claridad, cómo encontrarás en tu libro mental las mejores soluciones. Y tal vez, con algo de práctica, puedas trasladar tu estado de contacto con la naturaleza (contigo misma) al resto de aspectos de tu vida.


Así, no solamente estarás cultivando tu propio alimento, estarás transformando tu propia actividad diaria. ¿Se te ocurre algo más transformador que cultivar? =)




Si estas palabras han resonado en alguna parte de ti, te recomiendo leer a Masanobu Fukuoka, padre de la Agricultura Natural. Sus obras "La revolución de una brizna de paja" y "Sembrando en el desierto" no te dejarán indiferente.




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